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Durante el embarazo, la mayoría de los órganos y vías metabólicas del cuerpo de la mujer sufren alteraciones fisiológicas, que son reversibles durante las semanas o meses posteriores al parto.
A parte del incremento de los niveles de estrógenos y progesterona (muy importantes), se produce un incremento de peso por:
Los cambios en la regulación del equilibrio hídrico que se producen durante la gestación son muy significativos, pues el intercambio de agua de la madre al feto va aumentando progresivamente a medida que avanza la gestación en proporción al crecimiento del feto (1).
Dependiendo de la retención de líquidos corporales y del aumento de los depósitos de proteínas y grasas, este incremento de peso es muy variable, pero suele ser, en conjunto, de unos 7,5kg (2).
Los cambios fisiológicos mencionados, sobre todo el aumento de volumen sanguíneo, producen un requerimiento aumentado de ingesta de agua en la mujer embarazada.
La formación del líquido amniótico y del feto requieren de un aumento de ingesta de 30ml de agua al día, ya que el embrión puede alcanzar hasta un 85% de agua (2).
Teniendo en cuenta estos factores, la ingesta de agua que debiera tener la embarazada es la siguiente (1):
Otros factores que determinan el incremento de ingesta de agua es el aumento de actividad física y el entorno (cálido y seco). Se recomienda la ingesta adicional de 400 - 500 ml por cada grado de temperatura superior a 38°C o en ambientes con una humedad relativa de más del 50% (1).
Aunque muchos estudios concluyen que el buen estado nutricional de la embarazada influye de manera positiva en un recién nacido sano y con normopeso, desgraciadamente hay pocos estudios centrados en la influencia del estado de hidratación de la embarazada.
Facilita el flujo de nutrientes de la madre hacia el feto.
Regula la diuresis de la madre, reduciendo la incidencia de cálculos renales e infecciones de orina.
Facilita la motilidad intestinal, evitando o aliviando el estreñimiento.
Actúa como termo reguladora de la temperatura corporal (evitando los mareos o los golpes de calor en verano).
Junto a una dieta saludable, ayuda a mejorar la elasticidad de la piel.
Fuente: (5)
El aumento del metabolismo basal, alteración de los niveles hormonales y cambios cardiovasculares que experimenta la mujer durante el embarazo, produce que sea más vulnerable al calor, con susceptibilidad a sufrir síncope o agotamiento por calor o golpe de calor si trabaja en un medio caluroso.
Excepcionalmente las condiciones ambientales con calor, pero sin estrés térmico podrían suponer un riesgo para la embarazada si se dan otros factores como radiación térmica, humedad superior al 60% y trabajo con mucho esfuerzo físico (4).
Otros factores que podrían poner en riesgo a la embarazada es la hiperémesis y la gastroenteritis aguda, ya que provocan una gran pérdida de sales minerales.
Si el cuerpo se deshidrata activa unos mecanismos similares a los del estrés. Por eso es tan necesario mantener un equilibrio hídrico en la mujer embarazada (1).
El agua y otras bebidas ayudan a evitar la deshidratación que, si se produjera durante el embarazo, puede ser peligrosa, causando dolores de cabeza, náuseas e incluso contracciones en el tercer trimestre.
Durante el embarazo, debido a las modificaciones hormonales, aumenta el umbral de sed, es decir, el organismo tarda más tiempo en “informar” que necesita agua, por lo que se debe aconsejar beber de manera periódica, incluso antes de tener sed (1).
Es fundamental la ingesta de agua a lo largo del embarazo, pero también hay que tener en cuenta otras fuentes de hidratación, como otras bebidas saludables o los alimentos ricos en agua. Es la conocida como agua total.
Fuentes de hidratación saludables:
Y, sobre todo, evitar bebidas alcohólicas y otros tóxicos que puedan pasar al feto durante la gestación.
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